Dio aquel portazo y se marchó.
En realidad casi sin decir adiós, abandonó a su suerte su destino
Y desapareció como alguien que asciende hacia la niebla.
Se perdió entre la penumbra y sintió un vacío.
Se dio cuenta que no se quería marchar,
Pero aun así ya no sabía por dónde volver.
Entre el misterio de la noche ansiaba adivinar el camino,
Por si conseguía encontrar la senda de vuelta.
En la inmensa oscuridad solo alcanzaba a escuchar
Los latidos estoicos de su corazón.
Sintió miedo a la vez que se encogía en cualquier rincón,
De aquel laberinto sin salida.
Observó cierta dificultad para hablar hasta de respirar.
Cada vez abrigaba más el miedo y la noche se hacía más siniestra.
A penas sentía frio solo un enorme malestar,
Por marcharse por rabia sin avisar.
Podía percibir el dolor en su rostro,
Y su mirada perdida cuando el pánico de perderlo aumentaba.
Poco a poco fue amainando el aliento,
Y los ojos perdían perezosamente la fuerza de su brillo.
Los latidos cesaban a la vez del torpe sonido del viento del alba.
Y su cuerpo inmóvil en el suelo pasó a ser un obstáculo más en el terreno.
Sin saber si fue sueño o realidad,
Supo que jamás se marchó.
Sino que siempre permaneció allí, esperando lentamente su despedida.
Como una intrusa a la espera de una condena por amar.